• Vamonos de Vagos

Llega a librerías "Anna Thalberg" novela ganadora del Premio "Mauricio Achar 2020"


Sacada a la fuerza de su casa y llevada a la ciudad de Wurzburgo, Anna Thalberg deberá enfrentar un juicio por brujería instigado por sus vecinos y dirigido por un feroz inquisidor. Mientras permanece recluida en la torre de brujas, su marido y el sacerdote de su aldea harán lo imposible por librarla de la hoguera. Brujas, hombres lobo, espíritus familiares y hasta un demonio que teologiza se dan cita en estas páginas, pero su presencia es insuficiente para ocultar el verdadero horror: la inhumanidad de las instituciones y la maldad arbitraria que anida en el corazón del ser humano. Iniciada a mediados del siglo XVI, la caza de brujas en Europa se recrudeció entre 1550 y 1650. Es justo a la mitad de estos cien años de infamia que sucede la historia de Anna Thalberg, mujer de singular belleza que es acusada de brujería y llevada a la fuerza hasta Wurzburgo para ser juzgada. Klaus, su marido, y Friedrich, el sacerdote de la aldea, harán también el viaje de Eisingen a la ciudad y echarán mano de todos los recursos disponibles, buscando detener a la bestia ciega de la Inquisición, que inexorablemente intenta arrastrar a la mujer hacia la hoguera.

FRAGMENTO:

«Entraron y la encadenaron, sin mediar palabra, sin explicación. Estaba acuclillada junto al fogón removiendo la leña cuando dos hombres bajos y macizos como tejoneros echaron abajo la puerta de la choza y se lanzaron sobre Anna Thalberg, que cual gamo sorprendido por la batida se había puesto en pie de un salto y con ojos muy abiertos los miró acercarse, arrebatarle de las manos la barra lamiscada por la herrumbre con la que atizaba el fuego y esgrimir frente a su rostro amilanado la orden de arresto con el sello del obispo como si fuera un talismán, un amuleto capaz de brindarles protección contra sus malas artes y hacerles posible la faena de someterla, aherrojarle las manos a la espalda, cubrirle la cabeza con una vieja capucha y sacarla a rastras entre la muchedumbre de curiosos que ya se había reunido afuera de la choza para averiguar qué estaba sucediendo para mirar cómo los hombres la arrastraban, la alzaban en vilo y la arrojaban a la carreta cual si fuera un fardo de heno o un saco de patatas como el que había en la cocina y del que Anna había sacado tres un poco antes, cuando dejó la rueca y se dispuso a preparar la cena para Klaus, a pelar patatas para el potaje que se quedó en la lumbre y que nadie se molestó en retirar, ni los hombres que se la llevaron sin decir agua va ni los vecinos que entraron a saquear el mísero menaje de la choza apenas la carreta se perdió de vista que hervirá y se quemará mucho antes de que las ascuas se consuman, mucho antes de que Klaus regrese de labrar el campo y en el largo trecho que separa las tierras comunales de su choza se vea asediado por las miradas de los aldeanos miradas que se esfumarán como moscas cuando él se las devuelva y que tornarán a posarse en su espalda apenas gire la cabeza, fisgando su vuelta a casa tal y como fisgaron el arresto de Anna, los gritos sofocados por la capucha, la indolente violencia de los hombres que la arrojaron a la carreta y más callados que una piedra subieron y emprendieron la marcha entre el rimero de mirones que presenciaban los hechos con distintas cotas de lástima, de escándalo, de sonriente satisfacción

porque al fin se la llevaron, al fin se hizo justicia, al fin recibirá el castigo que merece, aunque este pobre hombre deba sufrir en consecuencia

el pobre hombre que entrará a la choza, retirará el caldero del fogón y se preguntará qué diablos ha pasado, quién se ha llevado sus cosas, dónde carajos está Anna, por qué ha olvidado la cena en la lumbre, por qué, cuando vuelva a la calle a buscar respuestas entre los vecinos, todos le sacarán la vuelta, todos fingirán no verlo tal y como hicieron oídos sordos a los gritos de la joven que tumbada de bruces sobre la carreta suplicaba clemencia o al menos una explicación

a dónde me llevan, quiénes son, qué es todo esto…»