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Kirk Douglas tomó el sendero de la gloria

Actualizado: feb 8

Kirk Douglas no era solo un actor; era el símbolo de un mundo extinto. Bastaba su presencia para recordar un Hollywood del que apenas queda rastro tras su muerte el miércoles a los 103 años. También un país construido a golpe de genealogías como la suya. Su padre, Herschel Danielóvic, era un ruso analfabeto de origen judío que dejó Europa rumbo a Estados Unidos huyendo de la miseria y de la guerra contra Japón a principios el siglo XX.


Douglas no solo conoció el hambre, sino que forjó su carácter (incluso su viril y robusto físico) con los oficios más ingratos, de basurero a boxeador. Hasta que descubrió una escuela de arte dramático y aprendió a canalizar un caudal interpretativo que había nacido en la calle. Su rostro de hierro, su ambición y su célebre hoyuelo hicieron el resto.



El estrellato de Douglas es el que emergió en el Hollywood de la posguerra. Se podía haber acomodado en papeles de galán más o menos relevantes, pero si hay algo que caracterizó su carrera fue un instinto voraz para las historias que aspiraban a ser algo más que entretenimiento. Puntilloso y perfeccionista, su decisión más audaz fue tomar las riendas de su carrera y, adelantándose a futuras generaciones de actores deseosos de ser dueños de sí mismos, hacerse productor. En 1955 fundó su propia empresa, llamada Bryna en honor a su madre.


Antes de eso, había despuntado en el papel del marido chalado de Barbara Stanwyck en El extraño amor de Martha Ivers (Lewis Milestone, 1946) o, un año después, en un clásico que no se agota, Retorno al pasado, de Jacques Tourneur. En 1949 trabajó a las órdenes de otro hijo de inmigrantes (en este caso alemanes), Joseph L. Mankiewicz, en otro clásico, Carta a tres esposas. Aunque el espaldarazo definitivo le llegaría ese mismo año con una película que no contaba con los mimos de los estudios, pero en la que él detectó la posibilidad de un vehículo para su lucimiento como intérprete. No se equivocó; El ídolo de barro, historia del boxeador Midge Kelly escrita por el periodista deportivo Ring Lardner, marcó un punto de inflexión en su carrera.


La asociación con Vincente Minnelli empezó en 1952 con una película en la que un desenfrenado Douglas llegaba a la cima de su trabajo como actor en la piel de un productor de Hollywood. Cautivos del mal se adentraba en las entrañas de la industria y fue un éxito rotundo. Con Minnelli rodaría otras dos películas: El loco del pelo rojo, sobre Vincent Van Gogh, y Dos semanas en otra ciudad. El cineasta diría después que aquellos tres trabajos se contaban entre los más gratificantes de su larga carrera.


Entre unas y otras el director Stanley Kubrick ya había asomado la cabeza para cambiar la historia del cine y la del propio Douglas. El alegato antibélico Senderos de gloria jamás se hubiese rodado sin el apoyo del actor, y la historia de cómo  Dalton Trumbo volvió a la luz gracias a los créditos de Espartaco es de sobra conocida. Douglas le dedicó un libro, Yo soy Espartaco, al asunto. El relato, sin embargo, tiene diferentes versiones. Ring Lardner Jr., hijo del autor de Ídolos de barro y uno de los escritores que se negó a testificar ante el Comité de Actividades Antimericanas, asegura en sus memorias sobre la caza de brujas que Douglas y Kubrick se apuntaron al carro de Otto Preminger cuando decidió que Trumbo figurase en los créditos de Éxodo y The New York Times lo contó. Sea como sea, y de cara a Hollywood, Douglas fue fundamental para rehabilitar a quien había sido el guionista mejor pagado.


En las décadas siguientes, Douglas participó sobre todo en películas menores. Su hijo Michael tomó su relevo en el nuevo star system mientras al padre le concedían en 1996 el Oscar (honorífico, eso sí) al que había estado nominado tres veces. Para entonces, Kirk ya era uno de los últimos protagonistas y testigos de un Hollywood que ya solo tiene aire de cementerio. Douglas ha disfrutado de una vida centenaria subido al trono que conquistó con la misma mirada pétrea del pistolero Doc Holliday de Duelo de titanes (1957), aquel wéstern de John Sturges que acababa con un whisky en la mano y una partida de póker, símbolos de la épica de un tiempo que hoy, tras su muerte, parece definitivamente cosa del pasado.